Y allí estábamos, tan enteras y desarmadas, tan abajo de la sombra de aquella luna enferma de ciudad...
Tomó mi mano, y prometió nunca soltarla mientras corríamos colina abajo, raspando nuestras rodillas con las matas de arbustos que se sentían como látigos... Alguna que otra espina rosaba la piel y creaba una herida temporal.
Porque en ese momento, la vida era temporal.
Eramos jóvenes, fuertes, y la vida se resumía en una sonrisa, en una mirada, en el tacto de su piel suave contra la mía.
La vida era un suspiro, un trago de vodka, el humo de un cigarrillo.
Eternas e inmortales.
Corríamos, como si la vida dependiese de llegar a la playa, como en busca de un tesoro invaluable, solo corríamos intercalando sonrisas colmadas de felicidad, miradas cómplices.
Podíamos hablar con una mirada, y lo sabíamos.
Ni una piedra en el camino, ni una mala hierba podía frenarnos, hubiésemos corrido por siempre de la mano si fuera necesario.
La sangre de los cortes generados por las ramas y alguna que otra caída corría por mis piernas, por sus piernas; pero no era motivo para frenar.
Ni desangrándonos completamente abandonaríamos la carrera.
Y seguimos, bajando, hasta que las luces de la ciudad desaparecieron del paisaje, las estrellas eran nuestra guía, como si hubiésemos estado navegando. Ya el murmullo urbano era solo un ruido distante, el monte era el suelo firme bajo nuestras zapatillas rotas y maltrechas.
Y ella no decía nada.
Ella solo miraba mis ojos, como contemplando mi alma y encontrando la respuesta a todas sus preguntas.
Y ella no hablaba, solo sonreía, mostrando sus dientes perfectos, por fin sonreía.
Y entonces, seguimos corriendo.
Con nuestros cabellos al viento, azabache contra rojo enredándose con el aire, despeinándose, libre. Eramos dos adolescentes, el mundo ahora era nuestro.
Y al fin, cuando la colina se acabó, y nuestros ojos empañados encontraron el mar, lo supimos.
Finalmente, eramos libres.
Nos tiramos en la arena húmeda sin pensarlo, el agua salada nos alcanzaba los pies, nos besaba las heridas de guerra y desteñía de rojo nuestras piernas.
Lo habíamos logrado.
No importa la sangre derramada, las heridas, el calor, el cansancio, el peligro. Para nosotras no existía el peligro o el miedo, mucho menos la resignación.
Ella me había convencido de hacerlo, y aunque dudé lo hice. No sabía por qué, pero lo que era su sueño se transformó también en el mío, de a poco, con cada idea, con cada noche en que planeábamos e imaginábamos sin cesar, a la vez que el humo tenue de un cigarrillo empapaba sus pupilas y su piel de marfil. Con cada segundo el sueño fue mas mio.
Y en el momento en que vi a Alicia deshacerse del horrendo uniforme gris del reformatorio, lo supe.
Yo también quería conocer a la libertad.
Soundtrack: Lana del Rey - Summertime sadness http://www.youtube.com/watch?v=nVjsGKrE6E8
xo.B
